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Bitácora, MATIAS FUNES: POETA, MARINO Y SOÑADOR

El 22 de agosto de 1953, la Imprenta Torno, S.A., de San José de Costa Rica, entregó a mi padre dos mil ejemplares de su obra primigenia Rosa Náutica, cuya segunda edición tiene el lector en sus manos más de medio siglo después.

Rosa Náutica

Al cumplirse en 2008 cien años del nacimiento de nuestro progenitor, consideré con mis hermanas Ana Dolores y Lucila, que era un deber nuestro reeditar algunos de sus libros, hoy quizás desconocidos por las nuevas generaciones de hondureños y hondureñas. Empezamos, pues, a cumplir esa tarea, con profundo y sincero amor filial.

Matías Funes se vio obligado a publicar su Rosa Náutica en Costa Rica porque en aquel país le resultaba más barata la impresión, misma que quedó agotada al poco tiempo, siendo divulgados los ejemplares en Honduras y El Salvador, tal como lo revela en el Proemio de su segundo libro, Levando Anclas, también de crónicas de viajes, y que vio la luz pública en 1963.

En ese mismo Proemio revela que “publicar un libro en Honduras es tarea de titanes”, dada la aridez intelectual que caracteriza a nuestra nación, al casi inexistente hábito de la lectura y a la desidia de los gobiernos, más preocupados en practicar la politiquería y el sectarismo que en apoyar la cultura, aunque ésta, como ha escrito Gabriel García Márquez, debería formar parte de la canasta básica de todo pueblo.

Hoy parece que se lee menos, influida como está la gente  por la televisión y sus insípidos programas, por las computadoras y la internet, y por el loco afán de triunfar a como dé lugar en un mercado que, en aras de rendir culto al éxito económico, al dinero y la ganancia, tiende a anular los altos valores del humanismo y la solidaridad.

Mi padre solía decir: “Antes anduve de puerto en puerto, hoy ando de puerta en puerta”, aludiendo, en la primera parte de la expresión, a su vieja condición de marino, y en la segunda, al hecho de no solamente escribir sus libros, sino además corregirlos y publicarlos con el exclusivo apoyo de su esposa, Lucila Valladares, quien toda la vida lo respaldó en sus afanes literarios, pero, aparte de todo ello, venderlos  aquí y allá, teniendo que atravesar muchas veces, de extremo a extremo, las polvorientas y destartaladas carreteras de Honduras. En no pocas oportunidades se encontraba con gente fría e  indiferente, más dispuesta a gastar el dinero en una cajetilla de cigarros o en un par de cervezas, que a invertirlo en la adquisición de una obra.

En mi niñez y adolescencia lo acompañé muchas veces y veía cómo llenaba una libreta con los nombres de sus compradores que le pedían de fiado los libros, a veces para no pagarlos. No obstante estas dificultades, él se sentía orgulloso de haber influido en algunos compatriotas para inculcarles, aunque fuera mínimamente, el hábito de la lectura.

Debo decir que el público reaccionó muy positivamente ante Rosa Náutica, obra que fue objeto de cálidos comentarios tanto en la prensa nacional como centroamericana, que sobre todo destacó la amenidad de estas crónicas, la sinceridad que trasuntan sus relatos y la transparencia de su lenguaje. Todavía hoy me encuentro, con numerosas personas que, pese al tiempo transcurrido desde su publicación mantienen un vívido recuerdo de sus páginas.

Pienso que de los cuatro libros que editó mi padre, éste es el más espontáneo, y quizás ahí descansó su éxito. El me contaba que Rosa Náutica fue escrita en poco tiempo y a eso atribuía cierta irregularidad en el estilo, pero también, agrego yo, de todo su contenido emana el “sabor a confidencia” a que hace referencia el prologuista Alejandro  Castro h., por cierto uno de los mejores cuentistas que ha habido en Honduras.

Mi padre se embarcó en las postrimerías  de la Segunda Guerra Mundial en busca  “de trabajo y libertad”, como lo revela en su obra Levando Anclas. Durante cinco años surcó lo mares del planeta, lo que le permitió conocer los  cinco continentes e infinidad de países, dueños de distintas costumbres y culturas. Es así cómo en las páginas de Rosa Náutica desfilan recuerdos de Nueva York, de Atenas (donde imaginó los diálogos de Sócrates y los encendidos discursos de Demóstenes), del Asia milenaria con sus tardes incendiadas, del Africa desértica y selvática a la vez, así como de numerosas naciones latinoamericanas, enyugadas por el atraso y la dependencia.

Siempre escuché a mi progenitor que su sentimiento hacia Estados Unidos era un tanto dual, porque, a la vez que agradecía a esa nación el haberle dado oportunidades que nunca tuvo en su patria, su política exterior era demasiado expansionista y agresiva, y por lo tanto iba  en desmedro de los intereses de buena parte de la humanidad.

Pese a las limitaciones que tuvo en Honduras, el recuerdo de su terruño, igual que el de sus familiares y amigos, sobresaliendo entre estos  últimos algunos de los miembros de la Generación del 35, a la que  perteneció, lo acompañaba por doquier, a veces con dolor, como cuando en Escocia vio a los mineros de ese país bien alimentados y provistos de modernos instrumentos, lo que trajo a su memoria la imagen de los obreros de su rincón natal, San Juancito, viviendo en terribles condiciones de explotación y con los pulmones comidos por la silicosis.

En Rosa Náutica el lector encontrará sentidas evocaciones de personajes que, de una u otra manera, se cruzaron en la vida de mi padre, algunos de ellos hondureños que al igual que él se hicieron a la mar buscando mejores horizontes; otros,  los más, extranjeros, belicosos como el norteamericano William Warren que odiaba a muerte al español Jesús Caballero o como el valiente capitán escandinavo que se mantuvo impertérrito en plena tempestad y cuyo “cuerpo gigantesco parecía tener la resistencia de un hormigón bizantino”.

A propósito de lo último, como fácilmente se puede constatar abriéndolo al azar, el libro que hoy reeditamos está lleno de hermosas imágenes literarias que aluden a los barcos de los que fue tripulante el autor; a las personas, a las ciudades, a sus calles y edificios, al cielo, al sol, a los ocasos, a las aves, a los peces, a las mujeres (lo que, por cierto, no era del agrado de mi madre aunque el matrimonio haya sido posterior a los viajes) y, desde luego, al mar,  al mar inmenso que hizo soñar al escritor desde que sus días de adolescente discurrían en el puerto de La Ceiba.

Así, en relación a un barco expresa que “se hizo al norte con laxitud de cocodrilo satisfecho” y que “seguía tambaleándose como ballena herida”; de otro, que permanecía encallado, afirma que parecía “dinosaurio de edades remotas”. Los albatros, eternos acompañantes de los marinos que inspiraron un bello poema de Baudelaire, le parecían “planeadores de marfil antiguo” que “como velas pequeñas abren sus alas enormes”, y él mismo,  comparándose con las aves dice que, en un momento de tedio, quiso desplegar sus “alas cansadas de ave de paso”, en tanto compara las gaviotas con el “vellón de espuma”.

“El mar –escribe en otra parte–, veleidoso como la mujer, no siempre estaba bueno”. Se refiere, asimismo, a “la giba del mar atrayente”, y hasta los momentos de terror, como aquel en que estuvo a punto de sucumbir  uno de los barcos que tripulaba, despiertan una metáfora suya cuando hace referencia a “la trágica mueca de las  tempestades” o a las “pezuñas groseras de la tragedia”, o aquella otra cuando un submarino alemán semejaba, a lo lejos, “un puntito rojo como centavo nuevo”.

¡Y qué decir de las ciudades! Ante sus ojos maravillosos aparecieron un día “las soberbias agujas de los edificios de Manhattan, que altísimas besaban el algodón de las nubes”, o los “rojos cortinajes” de las auroras habaneras, o la Venecia que “cerró sus párpados ante el azote de la tarde en fuga” o que mostraba el singular encanto de sus “callecitas estrechas como un abrazo”, metáfora que siempre fue del agrado del poeta Pompeyo del Valle.

Curtido por los soles y por los vientos, así como por las temperaturas extremas, Matías Funes describe en estas crónicas de viaje, a las que amaba por haberlas vivido plenamente, los “días avaros de sol”, el “azote despiadado” y las “dagas desnudas” del frío, las aguas heladas “de donde surgía un bostezo de neblina fuertemente nocivo”, así como la Atenas milenaria enroscada debajo de la Acrópolis “como una serpiente de fuego luminoso”.

Bastan los anteriores ejemplos para demostrar cuán poético es el lenguaje en que está escrito el presente libro. Sólo me falta decir que estas crónicas de viaje, pioneras de un género en el que muy pocos han incursionado en nuestro país, no  son producto –y de ello se enorgullecía mi padre– de las vivencias de algún diplomático que le dio la vuelta al mundo en cómodos aviones, sino de un autodidacto que en condición de obrero trabajó con la pala en la mano en el vientre caluroso de los barcos. Surge esta segunda edición de Rosa Náutica como un homenaje a nuestro progenitor, nacido hace poco más de un siglo en el histórico pueblo de San Juancito.

Matías Funes Valladares
Tegucigalpa, M.D.C., agosto de 2009

Comunicado:latribuna

 
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